Dom. Mar 3rd, 2024

En medio del desierto más árido del mundo, a 3.000 metros sobre el nivel del mar, el esqueleto de un domo de acero, tan ancho como la arena del Coliseo romano y casi tan alto como el Big Ben, interrumpe el rojizo páramo de Atacama (en el norte de Chile). La estructura erigida sobre el cerro Armazones será la cúpula del ELT (siglas en inglés de Telescopio Extremadamente Grande), y que como su nombre indica, será el mayor telescopio del planeta capaz de detectar luz visible e infrarroja. Es el proyecto estrella del Observatorio Europeo Austral (ESO, por sus siglas en inglés) —una organización que agrupa a 16 países del viejo continente, a Australia como socio estratégico y a Chile, como anfitrión—, y tiene previsto ver su primera luz en 2028.

“Cuando el ELT comience a operar, cualquier cosa que encontremos más allá demostrará que todo lo que sabemos es erróneo”, vaticina el astrónomo alemán Elyar Sedaghati desde el cerro Paranal, una recóndita ubicación chilena con un paisaje más parecido a Marte que a la Tierra. Allí tiene el ESO ubicados los telescopios gigantes que conforman el VLT (siglas en inglés de Telescopio Muy Grande), que actualmente es el mayor observatorio óptico-infrarrojo del Hemisferio Sur y el segundo del mundo, tras el Mauna Kea en Hawái (EE UU).

Existe una tradición entre los astrónomos del observatorio de Paranal de reunirse a mirar el atardecer junto al VLT. El murmullo de sus conversaciones y la fuerte brisa golpeando sus cortavientos es lo único que se escucha en lo alto de la montaña, a más de 2.600 metros de altura y a dos horas en coche de la población más cercana. El sol se pone sobre un manto de nubes gruesas y compactas que, teñidas de naranja por los últimos rayos, se confunden con el mar. Cuando el Océano Pacífico sí asoma claramente en ese horizonte, significa que las nubes están demasiado arriba y que dificultarán el trabajo de observación del universo por la noche.

El plan de futuro del Observatorio Europeo Austral es complementar el trabajo del VLT, operativo desde 1999, y del ELT, que se encuentra en la mitad de su proceso de construcción. La fuerza del primero la aportan sus cuatro teles­copios ópticos de 8,2 metros de diámetro. La del segundo vendrá en gran parte de su espejo principal, de 39,3 metros de diámetro, compuesto por 798 segmentos que se están fabricando en distintos países europeos. “La capacidad de observación de este telescopio hay que pensarla como cuando estás en la carretera y ves un coche del otro lado. A lo lejos, los dos focos delanteros parecen un solo punto, pero si te acercas lo suficiente puedes distinguir que son dos. ¿A qué distancia puedes identificarlos? Depende del tamaño del diámetro del ojo. El diámetro del telescopio es lo mismo, son ojos mirando el cielo”, explica la astrónoma italiana Eleonora Sani, quien fue parte del equipo que realizó observaciones de la primera kilonova, el descubrimiento más importante de 2017, según la revista científica Science.

Para poner en perspectiva lo que será capaz de hacer el ELT, el astrofísico español Juan Carlos Muñoz lo compara con el potentísimo telescopio espacial James Webb (JWST, por sus siglas en inglés): “El ELT va a tener un diámetro unas seis veces más grande y una capacidad colectora de luz casi 30 veces superior, lo que permitirá ver con mayor detalle incluso las primeras galaxias en los albores del universo”. También adelanta que abrirá la puerta a saber si el agujero negro de la Vía Láctea gira y si es así, a qué velocidad. “Para eso necesitamos ver estrellas muy débiles que pasan muy cerca del agujero negro. Combinando las herramientas del VLT con las que tendrá el ELT, podremos mapear en tres dimensiones las órbitas de esas estrellas para averiguarlo”, apunta. “Va a ser una revolución. No solo un paso [para la humanidad], será un salto”, añade una entusiasta Sani.

¿Qué esperan encontrar? Elyar Sedaghati, cuyo campo de investigación es la atmósfera de los exoplanetas, señala que los datos actuales son muy limitados para desarrollar teorías sobre ellas. “Tengo la sensación de que cuando empecemos a observarlas con el ELT nos vamos a dar cuenta de que nuestras teorías, que básicamente funcionan con modelos unidimensionales, son completamente inadecuadas y que tenemos que empezar a desarrollar modelos tridimensionales, incorporando la teoría del clima”, sostiene, con la esperanza de que el futuro telescopio más poderoso de la Tierra ayude a explicar cómo pueden existir, y cómo circulan, las atmósferas de otros mundos. Llevándolo a un terreno más general, Sedaghati añade: “En realidad, somos muy ignorantes sobre cómo evolucionan las galaxias a lo largo de miles de millones de años”.

Ilustración artística que simula el aspecto que tendrá el ELT cuando entre en funcionamiento.L. Calçada / N. Risinger (ESO)

La construcción del ELT arrancó en 2017 y a mediados de 2023 se superaron el 50% de las tareas de ese macroproyecto. Los jefes de obra explican que la primera mitad tardó bastante porque implica muchos prototipos y pruebas, además del parón por la pandemia, pero que la segunda fase “debería ser mucho, mucho más corta”. Los 798 segmentos que conformarán el principal de los cinco espejos del telescopio, así como otras partes del instrumento óptico, se están fabricando en distintos países de Europa y comenzarán a llegar a Chile en el primer semestre del 2024. El alemán Tobias Müller, director de proyectos de montaje, integración y verificación de ELT, estima que tardarán un día por cada uno de los cientos de segmentos de espejo que lleguen, a los que hay que limpiar e instalarle componentes mecánicos, como sensores y cables: “Esto no se ha hecho nunca. Es un proceso que puede ser el comienzo de una industria”.

El ambiente seco y la gran altitud del desierto de Atacama, junto con la escasez de contaminación lumínica y un cielo que está despejado 300 días al año, son el cóctel perfecto para observar el universo frío, invisible a los telescopios convencionales. Y también ofrece un espectáculo manifiesto a simple vista, a los ojos de cualquier persona con curiosidad para observar el firmamento.

Una vez que el sol se esconde y los Andes y el Pacífico desaparecen en la oscuridad, no es necesario alzar la vista para encontrar varios milliones de estrellas. Basta con mirar al frente, al lado o hacia atrás para contemplarlas. Sobre ese telón de fondo, las estrellas fugaces, por ejemplo, no se buscan: aparecen, y continuamente. Se aprecian con detalle la pequeña y la gran nube de Magallanes, dos galaxias enanas que orbitan como satélites en torno a la Vía Láctea, tardando al menos 1.000 millones de años en completar vuelta. También destaca la constelación de Orión, y en ella la supergigante roja Betelgeuse, estrella muchísimo más grande que el Sol y que se encuentra casi al final de su vida.

La Vía Láctea, inapreciable desde muchas localizaciones debido a la contaminación lumínica, resplandece sobre el observatorio de Paranal. Solo los láser que expulsa uno de los telescopios del VLT interrumpen la panorámica estrellada. Con esos instrumentos se confirmó que en el centro de nuestra galaxia hay un agujero negro supermasivo, en una investigación que recibió el nobel de Física en 2020. Desde esa misma explanada es imposible ver el gigantesco esqueleto de la cúpula de 6.000 toneladas del ELT, ubicado a tan solo 20 kilómetros. Sin embargo, los astrónomos, acostumbrados a la ilusión que produce lo imperceptible a los ojos, dicen aguardar esperanzados porque saben que está ahí.

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